Por Alan Lightman.
4 de mayo de 1905
Es de noche. Dos parejas, una suiza, otra inglesa, ocupan su mesa habitual en el comedor del Hotel San Murezzan en St. Moritz. Se reúnen aquí todos los años, en el mes de junio, a conversar y a gozar de las aguas. Los hombres están muy elegantes, con chaqué y faja blanca, y las mujeres hermosas con sus vestidos de noche. El camarero se acerca por el elegante entarimado, toma nota de los pedidos.
—Parece que mañana tendremos buen tiempo —dice la mujer con una cinta de brocado en el pelo—. Será un alivio. —Los demás asienten—. Los baños son tanto más agradables cuando hay sol. Aunque supongo que no tiene importancia.
—En Dublín apuestan cuatro a uno a Running Lightly —dice el almirante—. Si tuviera el dinero probaría suerte. —Guiña un ojo a su mujer.
—Le daré cinco a uno si quiere jugar —responde el otro hombre.
Las mujeres parten sus panecillos, extienden mantequilla sobre ellos, apoyan cuidadosamente los cuchillos en el borde de los pequeños platos para el pan. Los hombres miran hacia la entrada.
—Me encanta el encaje de estas servilletas —dice la mujer del brocado en el pelo. Coge su servilleta y la despliega, luego la vuelve a plegar.
—Dices eso todos los años, Josephine —dice la otra mujer, sonriendo.
Llega la cena. Esta noche, langosta a la borde-laise, espárragos, filetes, vino blanco.
—¿Está bien tu langosta? —dice la mujer del brocado a su marido.
—Espléndida. ¿Y la tuya?
—Algo picante. Como la semana pasada.
—¿Cómo está el filete, almirante?
—Nunca me he resistido a un buen trozo de ternera —responde, feliz, el almirante.
—No se nota que coma usted mucho —dice el otro hombre—. No ha aumentado un kilo desde el año pasado, ni siquiera en los últimos diez años.
—Quizás usted no lo nota, pero ella sí —dice el almirante, guiñando un ojo a su mujer.
—Puede ser que me equivoque, pero este año hay más corrientes de aire en las habitaciones —dice la mujer del almirante. Los demás asienten, siguen comiendo langostas y filetes—. Yo siempre duermo mejor en una habitación fresca, pero si hay corrientes me despierto con tos.
—Ponte la sábana sobre la cabeza —dice la otra mujer,
La mujer del almirante dice que sí, pero parece sorprendida.
—Cúbrete la cabeza con la sábana y las corrientes no te molestarán —insiste la otra mujer—. A mí me ocurre siempre en Grindelwald. La ventana está al lado de la cama. Puedo dejarla abierta si me tapo con la sábana hasta la nariz. Protege del aire frío.
La mujer del brocado se mueve en su silla, descruza las piernas debajo de la mesa.
Llega el café. Los hombres se retiran al salón de fumar, las mujeres a las mecedoras de anea del gran patio exterior.
—¿Cómo han marchado los negocios durante este año? —pregunta el almirante.
—No me puedo quejar —responde el otro hombre, bebiendo un sorbo de brandy.
—¿Los niños?
—Han crecido un año.
En la galería, las mujeres se mecen y contemplan la noche.
Y lo mismo ocurre en todos los hoteles, todas las casas, todas las ciudades. Porque en este mundo el tiempo pasa pero es poco lo que ocurre. Así como ocurren pocas cosas de un año a otro, sucede lo mismo de un mes a otro, de un día a otro. Si el tiempo y la sucesión de los acontecimientos son lo mismo, entonces el tiempo apenas se mueve. Si el tiempo y los acontecimientos no son la misma cosa, entonces son las personas las que apenas se mueven. Si un hombre no tiene ambiciones en este mundo, sufre sin saberlo. Si es ambicioso, lo sabe y sufre, pero no tiene prisa.










